El pequeño Nicolás.

StarkidSu ilusionada mirada recorría a toda velocidad la superficie lunar, como una hormiga atareada que no tiene un segundo que perder. Los dedos de una mano dibujando en el aire con trazos invisibles la situación de cráteres, valles, océanos y montañas. La boca abierta, por donde escapaba sigilosamente la sorpresa, para contagiarnos a todos los que estábamos a su alrededor, progenitores orgullosos, tutores satisfechos y un loco de las estrellas, humilde servidor, que no daba crédito a aquella estampa.

El pequeño Nicolás detuvo el tiempo unos instantes, mientras no perdía detalle de aquella Luna que observaba por primera vez a través de un telescopio, pero que le resultaba tan familiar por el libro de astronomía que tenía en casa y que leía releía cada vez que tenía ocasión. Impresionado por su insaciable curiosidad me acerqué a él y le dije: – “Cuéntame que ves, Nicolás”. Y en vez de dar una respuesta lacónica, el pequeño futuro astrónomo (espero) , comenzó a describir con todo lujo de detalles los cráteres y las terrazas, umbras y penumbras, altísimas cordilleras y pequeñas montañas, y aquellos brillos y tonalidades que solo los que han recibido un don especial son capaces de comunicar.

Atónitos por su relato los allí presentes no dejábamos de intercambiar miradas, mitad de asombro mitad de satisfacción. Mira tú por donde que una sencilla actividad extraescolar, como plantar un par de telescopios en el patio de un colegio, pudiera sacar a la luz a un pequeño astrónomo del anonimato. Ni un balón de futbol, ni una videoconsola, el pequeño Nicolás ya tenía claro que un telescopio sería su mayor objeto de deseo de ahora en adelante, que aquella imagen de la Luna y aquel Saturno misterioso se irían con él a su casa para acompañarle en sus sueños, que deseaba que volviésemos con nuestros telescopios otro día, cuanto antes, que quería saber lo rápido que se movía la Luna, cuantos satélites tenía Saturno y porqué no podía ver Júpiter en ese momento y sin embargo si podría verlo si esperaba unas horas.

El pequeño Nicolás es un niño afortunado, no solo por haber descubierto a tan temprana edad su pasión, sino porque tiene un padre que le quiere y que le miraba emocionado y con orgullo cuando estaba junto a aquel telescopio. A él, a su padre, le dije que apoyara al chaval, que le llevara a las reuniones que tenemos en las agrupaciones y que no hacía falta que se gastara un sueldo ( dichosos sueldos hoy en día por culpa de esta maldita crisis ) en comprarle un telescopio, que si se venían al campo una noche de observación con cualquiera de los astrónomos que conozco podría mirar no solo por uno sino por decenas de telescopios, que estaríamos todos encantados de compartir nuestra afición con él. Y es que, como dijo el profesor Comellas, “La Astronomía hace buena gente, hace buenas personas”. Si despertamos la curiosidad de nuestros hijos, si hacemos crecer en ellos el interés por el conocimiento, la Naturaleza, la cultura, el respeto por los valores… no solo estaremos haciéndoles felices a ellos, sino que estaremos poniendo los pilares de una sociedad mejor.

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